LA CULTURA DEL CHISME Y LA DESCALIFICACIÓN

Share on facebook
Share on twitter
Share on linkedin
Share on whatsapp
Share on email
Luis Fernando Mack

En los últimos meses, he tenido el gusto de fungir como coordinador de la carrera de sociología de la Escuela de Ciencia Política de la Universidad de San Carlos de Guatemala, por lo que he tenido de asumir una variedad de funciones que realmente me han ocupado mi tiempo y mi esfuerzo, intentando desempeñar mi papel con la seriedad y el compromiso que siempre he asumido en todo cargo que he tenido.

Uno de los procesos más desgastantes y complejos que me ha tocado asumir, es la mediación que he decidido ejercer desde mi función de coordinación, de manera que los conflictos entre docentes y estudiantes tengan un espacio para el diálogo y la conciliación, debido a que siempre he creído que, como dice el dicho, hablando se entienden las personas. Esta decisión ha surgido de la particular situación que atraviesa la Escuela de Ciencia Política, en donde ha prevalecido desde hace un tiempo, la creencia generalizada de que las autoridades de nuestra unidad académica han sido sordos y ciegos a las demandas estudiantiles, favoreciendo la multiplicación de las insatisfacciones de los estudiantes, que tienden a reproducir lamentos sobre la mala docencia que prevalece en las aulas de la Escuela de Ciencia Política.

Para evitar seguir reproduciendo este aspecto, ampliamente comentado en el ambiente estudiantil, decidí hacer público mi compromiso con la transparencia y la mediación, de manera que se abordaran oportuna y eficientemente, todo conflicto docente-estudiantil que surgiera durante el semestre. Debido a ello, empecé paulatinamente a recibir reclamos estudiantiles de todo tipo, y de forma puntual y eficiente, se facilitaron espacios donde estudiantes y docentes se vieran cara a cara, para que las mutuas acusaciones fueran ventiladas públicamente. La idea, tras estos ejercicios de confrontación y mediación de las partes, era asumir una actitud neutra, que privilegiara el dialogo, y favoreciera los mecanismos correctivos necesario para mejorar ostensiblemente la actividad docente.

Pese a esta declarada y abierta convicción, que fue expresada públicamente a los estudiantes de todos los semestres, me tocó un caso en particular que me lleno de sorpresa y preocupación: de repente, recibí el correo de un estudiante que sin aportar mayores pruebas, acusaba al docente del curso de una serie de irregularidades, con el agravante que se hacían justo en la ultima semana del semestre, lo cual dificultaba enormemente la posibilidad de hacer algo para corregir el problema. Lo que más me preocupo, sin embargo, era que el quejoso sugería que se había limitado antes para presentar su reclamo, porque sabía que entre la docente y yo, existía una amistad públicamente reforzada, por lo que temía a parcialidad de mi parte.

Ante la gravedad de las acusaciones, decidí inmediatamente indagar mas para saber si la visión particular de este estudiante era compartida por los demás estudiantes. Recibí, en los siguientes días, las cartas de dos estudiantes más, que ampliaban las acusaciones, y agregaban unas más, lo cual amenazaba con convertirse en una bola de nieve construida de supuestos, rumores y quejas sin pruebas fehacientes. Lo peor, sin embargo, que al final de una de las cartas de los quejosos, se establecía que, debido a los aspectos señalados, la profesora no fuera contratada más, debido a su deficiente desempeño y mala actitud.

La acusación, sin embargo, se dirigía contra una profesional con una larga y sobresaliente carrera académica y docente, por lo que decidí enfrentar el problema de frente, especialmente porque se implicaba mi posible falta de objetividad, debido a mi cercanía con la señalada.

La decisión, por lo tanto, fue ventilar la acusación de forma pública, para desvanecer toda duda al respecto, y para que se llegara a una solución de largo plazo. La convicción que me movió es que, mientras no se aborden de frente este tipo de acusaciones, se magnifican los señalamientos y se tiende a distorsionar la verdad, ya que en la suposición y la especulación, la imaginación vuela, convirtiendo un problema puntual, en una acusación que lejos de reflejar la realidad, simplemente magnifica el problema, haciendo que la suposición prevalezca frente a la verdad. Desterrar la cultura de chisme y a descalificación, por lo tanto, es la prioridad número uno de mi trabajo como coordinador de Sociología.