EL POLÍTICO Y SU PROFESIÓN

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Gabriel Orellana Rojas

Jean Louis Barthou (1862 – 1934), abogado, político y literato francés, que ocupó varias carteras ministeriales y la Presidencia del Consejo de Ministros de Francia. Falleció siendo Ministro de Relaciones Exteriores en el atentado perpetrado en Marsella contra el rey Alejandro I de Yugoslavia. También fue señalado de ladrón, de cómplice de un asesinato y de pervertido sexual, según palabras de John Laffey en su comentario a la interesante biografía que de nuestro personaje escribió Robert J. Young (Power and Pleasure. Louis Barthou and the Third French Republic. Mc Guill-Queen’s University Press. 1991). 

Fueron varias son las obras escritas por Barthou quien, dicho sea de paso, llegó a ocupar una silla en la Academia Francesa desde 1918.  Una en especial me ocupará en esta columna:  Le Polítique, publicada en 1923.  Fue traducida al nuestro idioma por otro destacado político español, el Conde de Romanones  («El Político» , Madrid, Renacimiento, s.f.). Si bien el libro traducido al español no tiene fecha de publicación, su prólogo –redactado por el propio traductor—tiene como data marzo de 1924.  El ejemplar que tengo en mi poder reproduce el de la edición española y fue publicado por la Editorial Letras, Santiago de Chile en 1933.

A decir del Conde de Romanones, prologuista, El Político de Barthou es «una de las mejores obras de este tan esclarecido escritor […], que encierra la quintaesencia de lo que es el político en Francia, y que acierta a explicar en trazos vigoroso cuanto ocurre entre los bastidores del teatro parlamentario y en las interioridades de los Gobiernos.» Y agrega –con justificada razón— que: «Estudio tan exacto, psicología tan honda de lo que es el hombre político, tenía que salir de la pluma de uno que hubiera vivido la política, que en ella ocupase los más altos puestos y que estuviera dotado de mirada tan penetrante que no dejase escapar nada de lo que pasa en este mundo en el cual todo es acción y pasión; todo, aun lo más aparentemente sencillo, es complicado, máquina, en fin, de la que depende y ha dependido siempre el bienestar de los pueblos. […] Cuantos lean “El Político”, de Barthou, aunque no sean franceses, reconocerán el interés que encierra este pequeño libro; las semejanzas de los Políticos de la República vecina con todos los políticos […] lo que es el hombre político y lo que le diferencia del politicastro; no quiero decir del político de oficio, porque el político, precisamente, y esa es una de sus condiciones que fijan su naturaleza, si no hiciere de la política el único fin de su vida, no sería hombre político.»

De tan valiosa e interesa obra destaco los pasajes que me han parecido los más interesantes, aclarando que las negrillas corresponden al texto original:

En tanto que las demás profesiones «persiguen finalidades privadas o afectan intereses particulares, la política se confunde (tiene al menos el deber y la pretensión de hacerlo) con el interés general.  Un hombre público es, como la misma palabra lo dice con bastante claridad, un hombre que pertenece a todos. No ejerce una profesión, cumple un mandato. Se exige de él lo que no se espera de los demás. Está sometido a la inspección incesante de la crítica severa. La opinión para él son las opiniones, y en este plural basta a expresar la variedad de juicios, siempre contradictorios y a menudo inconciliables, a los cuales su conducta le expone. No sólo es responsable de lo que hace o de lo que dice; sus abstenciones o sus silencios le comprometen tanto como sus actos y sus palabras. Es un ser aparte. Todo en él es peligro y contraste. Cuando un médico ha expuesto su consulta o un abogado ha terminado su informe, queda libre de compromiso con su cliente y no tiene que rendir cuentas a nadie. El hombre político siempre está obligado a rendir cuentas y tiene al público por clientela.»

«Pero no basta con ser elector o elegible para ser un político. El electorado y la elegibilidad son derechos que se ejercen o no se ejercen. El Político, al contrario, no prescinde de estos derechos;y, aun si no vive de ellos y para ellos, vive en ellos y para ellos. […] Suprimid la idea de la ocupación principal, que puede conciliarse con otras ocupaciones profesionales absorbiendo incluso más tiempo; no tendréis un Político. Cuando la política es un accidente, una sorpresa, una aventura, no clasifica al hombre: es preciso que sea una necesidad y una costumbre, la satisfacción de una primera naturaleza, o en todo caso, la forma irresistible de una segunda. Suprimid, por otra parte, la idea del mandato parlamentario, ejercido o codiciado, y encontraréis un administrador, pero no el Político.  Se puede ser durante muchos años diputado provincial, concejal y hasta alcalde, y no ser un hombre político; para serlo se precisa, sin dudar, cada seis o cada cuatro años sentir la necesidad casi ineludible de hacer declaración partidista, de expresar una opinión política, de adherirse a un programa; pero aun no se ha secado la tinta de los manifiestos electorales, y ya se puede, sin faltar a su palabra, practicar una administración imparcial, a la cual la política es ajena.»

«La política es una carrera abierta. A diferencia de las profesiones propiamente dichas, que exigen exámenes y diplomas, es accesible a todos. Es una tentación. Así, junto a los que la honran están los que la explotan. El mal es antiguo: no creo que haya aumentado. Cuando se representa la política como la “clase de los déclassés”, no se tiene en cuenta que la severidad del juicio alcanza lo mismo a los electores que a los elegidos. Pero hay una injusticia en esta misma severidad. Ciertamente, mucho que no están animados por el sentimiento del interés público, buscan en una representación un refugio, y hacen un oficio de aquello que sólo debiera ser un deber. […] A decir verdad, aquí como en otros sitios, la culpa es de los ausentes. Son responsables de los puestos que dejan libres y de las consecuencias que desastrosas que tengan las batallas en que se niegan a intervenir. […] El miedo a los golpes no siempre es el principio de la sabiduría:  en el interés público hay que decidirse muchas veces a darlos y resignarse a recibirlos. La torre de marfil sólo es buena para los poetas. Es una obligación de los demás hombres el salir de ella para mezclarse en la acción. La política es una batalla en la cual no se pueden recoger los beneficios sin correr los riesgos. Si no queréis que el Político sea un profesional, y que el mandato popular se envilezca convirtiéndose en oficio, frotaos con aceite, salid a la arena y librad el combate por la causa que juzguéis buena. Hay, aun en tiempos de paz, servicios obligados.»