EL PODER COMO SERVICIO

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Luis Fernando Mack

“Casi todos podemos soportar la adversidad, pero si queréis probar el carácter de un hombre, dadle poder”Abraham Lincoln

A lo largo de mi carrera profesional, en varias ocasiones me ha tocado asumir algún cargo de decisión institucional por breves períodos, momentos en los que con algún grado de acierto, he intentado dar lo mejor de mi, aunque obviamente cada período ha estado marcado también por errores que posteriormente, tuve que reconocer. Por ejemplo, en una ocasión, cometí el grave error de despedir a un subordinado que fungía como jefe de recursos humanos, debido en parte a que no era de mi círculo de confianza. Fue una decisión desacertada: el que nombré, resultó entonces aliandose con quienes querían deshacerse de mí, por lo que al final, tal acción finalmente contribuyó enormemente a mi renuncia del cargo. Unos años después, tuve la oportunidad de encontrarme con él, y tuve el valor de reconocer mi error. 

Lamentablemente, la administración pública es un campo feroz de batalla en donde es difícil saber quién es aliado , y quién el enemigo que pretende destruir tu trabajo, para posicionarse de manera ventajosa frente a quienes detentan el poder en ese momento. El objetivo de tales pugnas es siempre el mismo: alcanzar las mejores posiciones institucionales que permitan garantizar el acceso a recursos, y a la capacidad de tomar decisiones. 

Indudablemente, el poder es tentador. Lo experimenté la primera vez que fuí el jefe de una institución: los amigos y familiares empezaron a frecuentarme de manera inusual, los colegas de trabajo no dejaban de brindarme favores y halagos, y hasta de forma repentina, las mujeres más bellas querían pasar tiempo extra conmigo. Me llovían las invitaciones a tomar café, y los regalos y detalles especiales no dejaban de llegar, por lo que en ese corto período de tiempo, la sensación de bienestar aumentó exponencialmente. Pero muy en el fondo, sabía que debía tener mis pies muy firmes en la tierra, por lo que cada vez que alguien me alababa intentaba obligarme a encontrar la forma de enfocarme en mi objetivo, y no en acrecentar mi ego. Adicionalmente, realizaba pequeños ejercicios de humildad: una vez, saliendo de la institución con el carro oficial y el chofer designado, a una cuadra de la institución le solicité a mi asistente vial que me dejara manejar. La sorpresa del personaje fue mayúscula, pero ese acto estaba destinado a demostrarle que entre el y yo, solo existía una diferencia de puesto, pero no de dignidad. El trato amable y cordal, indudablemente, no era parte de lo esperado de un jefe, pero siempre que podía, lo realizaba, especialmente con quienes menos lo esperaban: los guardas de seguridad, los asistentes de limpieza, los estudiantes que hacían pasantías, etc. 

El último día de mi estancia en esa institución, cuando todos sabian que ya no tenía el poder, fue muy significativo: acudieron a mi oficina un grupo de empleados a despedirme, aquellos que justamente, ocupaban los cargos más bajos de estructura de poder, justo aquellos que yo había intentado reconocer diariamente con un gesto, una palabra de reconocimiento, o una sonrisa. Fue un reconocimiento tácito del intento de ejercer el poder, con sentido humano y se servicio.

En la administración pública y en la iniciativa privada, encontramos frecuentemente personajes despóticos, irrasibles, autosuficientes, obstinados y poco eficientes, que creen saberlo todo y conocerlo todo, aún cuando no saben nada, por lo que ejercen su poder solamente para obtener los mejores asientos, las mejores comidas y las más grandes prebendas, no dudando ni un minuto en empoderar a quién esté dispuesto a ponerse de alfombra, accediendo a sus caprichos y ocurrencias. El poder como servicio, no es precisamante la forma generalizada, más bien, es comun el ejercicio del poder, entendido como el trafico de inlfluencias y el  abuso de autoridad para obtener beneficios.

Mintras siga prevaleciendo esa concepción despótica del poder, la administración pública seguirá siendo el botín de personajes poco éticos y abusivos: el  primer cambio, por tanto, es enimentemente cultural.