El bicentenario como oportunidad: ¿Que errores hay que corregir?

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Luis Fernando Mack

“Desde la Usac hablamos de conmemorar a partir de una nación inconclusa, que es lo que somos” (Alejandra Medrano)

Como suele ser normal en este conflictivo país, el bicentenario ha dividido a los guatemaltecos en varios bandos: para un primer grupo de ciudadanos, quizá el más numeroso, este 15 de septiembre ha pasado con mas pena que gloria, debido a que las preocupaciones de muchos guatemaltecos pasan por superar las complejas y difíciles situaciones a las que la pandemia nos enfrenta cotidianamente, en la que parece que existe una disyuntiva fatal: o guardamos las distancias y el confinamiento social, o nos exponemos a enfermarnos porque hay que seguir procurando el sustento económico de la familia. 

Un segundo grupo ha asumido la perspectiva oficial, enfatizando el tema del bicentenario desde la perspectiva de la celebración y el “orgullo nacional”, enfatizando un patriotismo que parece por momento carente de todo sustento, especialmente si consideramos la difícil situación que viven miles de guatemaltecos debido a la improvisación y la falta de criterio del actual gobierno en temas como el plan de vacunación, las medidas para enfrentar la pandemia y el uso de los recursos públicos, por poner solo algunos ejemplos. 

El tercer grupo ha asumido una postura realmente crítica a esta celebración, especialmente por el hecho de que Guatemala, en pleno siglo 21, tiene pocas cosas de las cuales sentirse orgulloso: tenemos un país dividido, enfrentado, con una estructura económica y política que le niega cualquier posibilidad de progreso a una gran mayoría de guatemaltecos, obligándolos a pensar en emigrar al norte, aún con todos los costos, los peligros y las amenazas que dicha posibilidad representa. La razón es simple: aún con todos los riesgos, emigrar representa una esperanza de encontrar mejores oportunidades de vida, aún si dicha posibilidad sea muy remota. En Guatemala, las condiciones de pobreza, exclusión y violencia sistémicas han demostrado ser un valladar imposible de superar para muchos guatemaltecos: hay tantos testimonios de personas que han trabajado incansablemente por muchos años, para enfrentarse a la dura realidad de una mejora que nunca llega; por el contrario, hay unos pocos privilegiados que sin mayor esfuerzo, amparados en la red de conocidos y familiares, han escalado rápidamente en la escala de privilegios y oportunidades, simplemente porque conocen a la persona adecuada, aún sin contar con mérito alguno que lo amerite. 

Pertenezco a este tercer grupo: pienso que lejos de celebrar, debemos de reflexionar el camino que hemos recorrido para tener estas condiciones tan extremas de desigualdad, autoritarismo y violencia sistémica que le niega los más elementales derechos a una gran mayoría de guatemaltecos. La lista de problemas que aquejan a Guatemala son tantas, y las agendas pendientes de asumir son tantas, que realmente pensar en celebrar es simplemente irrisorio, empezando porque somos un Estado con una nación dividida, en la que prevalece la descalificación, el insulto y la exclusión de unos a otros. 

Es tiempo de reflexionar, de pensar que es lo que hemos hecho mal en estos doscientos años de una historia plagada de conflictos y de violencia fratricida en la que sistemáticamente hemos desaprovechado las múltiples ventajas comparativas que tenemos como país, de forma que estamos destruyendo nuestra riqueza natural, cultural y social que tenemos: por ejemplo, el ingenio chapín, lejos de usarse para el bien, frecuentemente se usa estafar y obtener ganancias a costa de la ingenuidad de las personas. De igual manera, en vez de exaltar y preservar nuestro patrimonio cultural y natural, estamos empeñados en destruir la naturaleza y de seguir negando la inclusión a los pueblos originarios, que realmente tienen poco que celebrar de un Estado que les ha expropiados sus  tierras, les ha perseguido y criminalizado.  El reto, por lo tanto, es asumir las lecciones de nuestro pasado, para intentar construir una Guatemala realmente diferente: incluyente, solidaria, respetuosa de la diversidad, en la que todos y todas tengamos las condiciones necesarias para tener una vida digna, decente, vivible. Como diría el gran poeta Otto René Castillo: Aquí solo queremos ser humanos.