1984

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Andy Javalois

El año 1984 tuvo y aún tiene, una gran importancia en mi vida. Fue el año en que terminé mi educación primaria, en el bicentenario Colegio San José de los Infantes. Lugar donde, además de la educación formal, pude atestiguar un atentado terrorista con el estallido de una bomba en el parque central, además dos golpes de Estado, primero el de marzo de 1982 y luego el de agosto de 1983.  Es más, durante buena parte de mi infancia en dicho colegio, llegué a creer que para ser presidente de este país era un requisito esencial, sino el único, ser integrante del ejército de Guatemala.

En 1984, por diversos motivos, desde la presión internacional, hasta decisiones internas de la más diversa índole, la jefatura de Estado, ocupada por un militar, “permitió” el desarrollo de un proceso de convocatoria a asamblea nacional constituyente. Recuerdo la ilusión y esperanza con que mi papá fue a votar. Él nunca dudó de que Guatemala merecía un cambio y creyó, como muchos, en el proceso democrático que parecía abrirse de pronto en esta la república del papa verde.

De aquel proceso de elección se logró elegir a quienes habrían de integrar la “Asamblea Nacional Constituyente”, misma que, tomando en cuenta el año en cuestión, pues resultó ser según aún creo, bastante pertinente para la tarea que debería emprender. Una labor que como me decía mi papá, era trascendental para nuestro país. Tiempo después, en la biblioteca patena, pude consultar la flamante Constitución Política de la República de Guatemala, por vez primera. Claro está leí la Constitución más por una cuestión de impostura en mi educación básica, que por cuenta propia. Pero aquella lectura  allanó el camino de mis intereses por los derechos fundamentales.

1984 también es significativo como título de un par de obras que me impresionaron por aquellos años. La primera, que vi por curiosidad cinéfila (otro de mis gustos influencia paterna), fue la película filmada durante aquel año y basada en la obra homónima del autor británico George Orwell. Después de ver la película, las comparaciones con Guatemala se me hicieron irremediablemente inevitables. Aquí el gran hermano también parecía salir todos los domingos en cadena nacional y casi era delito no verlo. Había ciertos temas sobre los que mi familia no estaba dispuesta a hablar, al menos no abiertamente. No se sabía quién podría ser delator y desde luego el clima era de total desconfianza. Era algo muy parecido al control y represión social narrado en la novela de Orwell.

Aún hoy en día me atrevo a recomendar la película de Michael Radford con Richard Burton y John Hurt en los papeles principales. Ni que decir que recomiendo el libro de Orwell en mayor medida. Me parecen una interesante forma de introducirse al análisis de ciertos aspectos de las sociedades, como la tendencia a abusar del poder que constantemente demuestran quienes tienen ocasión de ejercerlo.

Aquí y ahora empiezo a creer que estamos en 1984, el gran hermano continúa presente (llámesele presidente(a), de cualquier poder estatal o gremial). Está observándonos, tiene a su disposición las redes sociales y un dedicado grupo de fanáticos seguidores dispuestos a realizar sus más mínimas órdenes. Claro está que, como en la referida obra, en algunas ocasiones, los mecanismos de represión puedan voltearse en contra de algunos de sus promotores. Esta circunstancia no implica ni por asomo, que vaya de pronto a producirse un cambio tendiente al bien común.

Incluso tan parecido resulta nuestro Estado a Oceania que, las noticias son convenientemente controladas, la verdad se ataca sistemáticamente como mentira y la mentira es presentada como verdad absoluta. No solo se manipula la historia, sino que se incentiva entre las personas su desconocimiento. Poco falta para que dispongan, mediante la instrumentalización de la ley, la creación de la policía del pensamiento. Al menos es lo que me parece ante las iniciativas de ley que son aprobadas por ese ente que supuestamente representa al pueblo de Guatemala y que tiene sede en la novena avenida de la zona uno de esta ciudad.

En efecto, aunque dudo que algún integrante del poder legislativo haya tan siquiera visto la película de Radford (lo que es mejor, no sea que la prohíban), son maestros del plagio de mecanismos de control y represión. Así parece ser, si se comparan sus actos con los realizados por los organismos legislativos de países como Venezuela y Nicaragua, donde la ley es instrumento para socavar los derechos fundamentales de las personas.

Ahora los legisladores nacionales buscan crear sistemas aparentemente “legales” para el control, represión y desaparición de organizaciones no gubernamentales, pero esto solo es la punta de lanza. Como el partido y el Gran Hermano, están ávidos de poder y de riquezas fáciles. Así que, sin duda, no se detendrán con quienes de momento han identificado como sus enemigos. Seguirán proclamando, según su conveniencia, la manida soberanía, para evitar el reclamo internacional. Destruirán la reputación de todos aquellos que les critiquen y, así, sin tanto alboroto, de pronto volveremos a estar como en 1984.